La inclusión de Perversidad (Scarlet Street, 1945) de Fritz Lang en esta sección refleja el profundo impacto del cine negro cruzado con el expresionismo alemán, trasladando los traumas de la posguerra a la pantalla, la cinta explora la decadencia moral de un hombre gris atrapado por sus propios actos y sirve como espejo de las tensiones de clase, la alienación y la deshumanización urbana. El opresivo entorno familiar con su esposa Adele contrasta con su necesidad de evasión artística
Análisis crítico y reflexiones sobre el film
La fuerza de este melodrama descansa sobre un trío actoral en estado de gracia que Lang exprime con sadismo constructivo. Edward G. Robinson ofrece aquí una de las mejores actuaciones de su carrera, alejándose de sus icónicos roles de gánster duro en títulos como Hampa dorada (Little Caesar, 1931) o El último gánster (The Last Gangster, 1937) para encarnar a Christopher Cross con una bonomía inicial que se torna en una docilidad patética y, finalmente, en una demencia escalofriante. Su contrapartida, Joan Bennett, esculpe una femme fatale anómala y soberbia: despojada del glamour de alta cuna, su Kitty March es vulgar, perezosa y magnética desde su propia ordinariez. El triángulo lo cierra un magnético Dan Duryea como Johnny, el vividor definitivo, violento y manipulador, que clava el registro de un parásito social sin fisuras.
La visión de Fritz Lang es implacable. El director de origen austriaco, atrapado él mismo en los engranajes de los grandes estudios de la Universal, proyecta en el despojo artístico de Cross su propio desprecio por el sistema comercial. Lang no busca que empaticemos con la víctima, nos muestra su decadencia con una precisión geométrica y una falta de piedad que hiela la sangre. Para ello, el guion de Dudley Nichols evita apoyarse en los giros tramposos del cine policiaco convencional, sosteniéndose en cambio sobre el colapso orgánico de una red que podríamos definir como un auténtico "engaño por acumulación". En Perversidad, la tragedia se desata porque absolutamente todos los personajes principales construyen su realidad sobre una mentira fundamental: Chris finge ser un pintor cotizado, Kitty oculta su verdadera ocupación junto a su violento entorno, y Johnny se hace pasar por un simple conocido de piso. Este frágil andamiaje de ficciones compartidas contiene el germen de su propia destrucción; cuando la verdad se abre paso de manera violenta, obliga a este trío de embaucadores a confrontar una realidad incontestable que cae sobre sus cabezas con el peso y la frialdad de una losa de plomo.
El retrato de Kitty se aleja por completo de la mitología de la mujer fatal que imperaba en el Hollywood de los años 40, marcando distancias con la elegancia magnética y la inteligencia calculadora que Barbara Stanwyck inmortalizó un año antes en Perdición (1944). El espectador rechaza la figura de Kitty de forma instantánea al ver que no es ninguna mente maestra, sino una marioneta atrapada por una obsesión destructiva hacia su novio. Estableciendo un claro paralelismo con el personaje de Yago en el Otelo de Shakespeare, Johnny funciona como un manipulador callejero que envenena los oídos y las intenciones de Kitty, actuando como el verdadero cerebro que la empuja a exprimir la candidez de Cross. Sorprende la digresión moral que plantea Lang en los roles de poder: mientras el apocado cajero se somete voluntariamente a una humillación absoluta —llegando a ponerse el delantal de ama de casa o a pintarle las uñas a Kitty en total sumisión—, Johnny ejerce una dictadura psicológica implacable basada en el abuso y el maltrato físico.
Toda esta trama basada en la falsedad tiene su reflejo en los doce lienzos que el artista germano-estadounidense John Decker pintó expresamente para el rodaje. Decker, que era el pintor de cabecera de la bohemia de Hollywood y amigo íntimo de estrellas como Errol Flynn o John Barrymore, creó una serie de obras de estilo vanguardista tan notables que el propio Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA) las seleccionó para una exhibición especial en marzo de 1946. En la gran pantalla, esas obras simbolizan el drama central de la película: el robo del talento y la anulación del verdadero autor. La ironía de que los cuadros de Chris Cross sean exhibidos y vendidos bajo el nombre de una impostora funciona como un doloroso reflejo del propio Lang, el autor atrapado por la maquinaria de los estudios que ve su visión artística arrebatada. Para acentuar esta asfixia y generar una densa tensión psicológica, Fritz Lang utiliza precisos movimientos de cámara y prescinde de enfatizar los momentos álgidos con una banda sonora convencional; en su lugar, la música de Hans J. Salter cede protagonismo a un diseño sonoro ambiental y a las notas estrambóticas de un gramófono que muta de forma obsesiva para amplificar la creciente demencia del protagonista. El clímax final consuma el descenso expresionista a un infierno en vida: acosado por las luces, las sombras cortantes y los fantasmas de los amantes, el rostro descompuesto de Robinson adopta la mirada desorbitada y demente que el propio Lang inmortalizó en su clásico alemán M, el vampiro de Düsseldorf (1931) para retratar el pánico absoluto de un hombre acorralado por sus propios demonios. La culpa se convierte en el definitivo, perpetuo y único compañero de viaje de un hombre cuya vida se diluye en la locura y en la más absoluta soledad urbana.
Análisis sociológico y reflexión contemporánea
Aunque la acción de Perversidad se sitúa en la Nueva York de la Gran Depresión y los años posteriores, el trasfondo económico y moral que asfixia a los personajes proyecta una sombra que llega fácilmente hasta nuestros días. La película funciona como un crudo retrato del desamparo urbano, el desencanto laboral y la mentira como única vía de escape social. Christopher Cross encarna a la perfección al trabajador atrapado en la alienación de un sistema implacable: un cajero serio y cumplidor que, tras veinticinco años de lealtad, es recompensado con un simple reloj de oro por un jefe que acto seguido despilfarra el dinero con su joven amante en la calle. Esa grieta existencial que se abre en su monótona rutina, llena de frustración y tristeza, dialoga de forma directa con el desánimo de tantas personas que hoy ven sus esfuerzos devaluados. Para huir de ese vacío cotidiano y de un matrimonio hostil, Cross recurre a la invención de una vida que no tiene, fingiendo ser un pintor rico ante Kitty, una mujer atrapada a su vez en una sórdida dependencia hacia un vividor agresivo que la explota.
Este choque entre las mentiras y la cruda realidad económica se condensa en el apartamento del Greenwich Village que Chris Cross le alquila a Kitty con el dinero que roba de su empresa. En esa vivienda, que el protagonista financia engañado creyendo que es un nido de amor, Kitty y su novio Johnny se dedican a malgastar sus ahorros y a beneficiarse de su talento artístico, convirtiéndolo en el blanco de sus burlas y humillaciones diarias. Más allá de este entramado, la secuencia final de la película conmueve por sí sola al mostrar con toda su crueldad el desamparo del individuo frente a la gran ciudad. Convertido en un vagabundo harapiento al que la multitud anónima ignora por completo, Cross deambula en una soledad absoluta, acosado por las voces y los fantasmas de su propia conciencia rota, recordándole que la culpa será ya su única compañera de viaje.
Detalles de producción, rodaje y censura
A pesar de ambientarse en una opresiva Nueva York, la película se rodó íntegramente durante tres meses del verano de 1945 dentro de los platós de los Universal Studios en California. Las localizaciones reales que vemos en pantalla desde Greenwich Village hasta Brooklyn, son fruto de una portentosa recreación técnica a cargo del fotógrafo Milton Krasner, quien utilizó claroscuros y sombras expresionistas para levantar una Nueva York de pesadilla sin salir del estudio. Fritz Lang y el guionista Dudley Nichols supieron sortear las rígidas normas de la censura del Código Hays mediante el uso inteligente de la elipsis narrativa y los fundidos a negro, lo que permite que los peores abusos de Johnny y el trágico crimen con el picahielos ocurran siempre fuera de encuadre, obligando así a la imaginación del espectador a intuir la crueldad que la pantalla no podía exhibir de forma directa.
La audacia moral de la obra provocó que la Junta de Censura del Estado de Nueva York prohibiera Perversidad en su totalidad el 4 de enero de 1946 por considerarla "inmoral, obscena e incitadora a la delincuencia", una reacción en cadena que se repitió en Milwaukee y Atlanta debido a que el asesino real (Cross) quedaba libre de la ley mientras el odioso Johnny Prince era ejecutado en la silla eléctrica siendo inocente de ese crimen. Incluso los carteles publicitarios sufrieron el acoso institucional al incluir en portada la polémica frase original en inglés: "Hello, Lazy Legs! The things she does to men can only end in murder!" (que traducido significa: "¡Hola, piernas perezosas! Las cosas que les hace a los hombres solo pueden acabar en asesinato"). Fuera de las cámaras, la vida del equipo superó la ficción en 1951: el productor Walter Wanger (marido de Joan Bennett) descubrió a la actriz en un aparcamiento junto a su agente Jennings Lang y le disparó dos balas a quemarropa, hiriéndolo en la ingle. El tremendo escándalo mediático llevó al productor a prisión y dejó a Joan Bennett en la lista negra de Hollywood, truncando su trayectoria cinematográfica.
Premios y Reconocimientos
Cuando se anunció el estreno de Perversidad, muchos críticos miraron la película con cierta desconfianza, prejuzgándola como un melodrama sórdido de estudio o una imitación inferior de la previa La mujer del cuadro (1944). Bosley Crowther, desde las páginas de The New York Times, lideró esta corriente negativa firmando una reseña agridulce donde acusaba al metraje de ser un relato aletargado y artificial surgido de los ardides del guion más que de las pasiones reales de sus personajes.
Esta incomprensión crítica, sumada a su audacia moral y a un desenlace que desafiaba frontalmente las normas éticas de Hollywood al dejar al verdadero asesino sin castigo policial, condenó a la película a un palmarés absolutamente en blanco. La cinta fue completamente ignorada en la temporada de galardones y en las nominaciones de los Premios Oscar de la época, ya que la industria no estaba dispuesta a premiar un relato tan rematadamente cruel y pesimista. Sin embargo, a pesar del vacío institucional y del boicot de las juntas de censura que prohibieron su exhibición en varias ciudades de Estados Unidos, el público respaldó la propuesta de Fritz Lang en las salas. La cinta se convirtió en un notable éxito comercial, situándose en el puesto cincuenta y tres de las películas de mayor recaudación de 1946 según la revista Variety, acumulando una taquilla de dos millones y medio de dólares y reportando un beneficio neto de más de quinientos cuarenta mil dólares para la Universal. Con el paso de las décadas, los círculos de críticos internacionales y la prensa cinematográfica especializada revalorizaron por completo el filme, rescatándolo de la indiferencia académica hasta encumbrarlo como una obra de culto incontestable y uno de los trabajos más personales y descarnados de toda la etapa norteamericana de su director.
Ficha Técnica
Dirección: Fritz Lang
Reparto: Edward G. Robinson, Joan Bennett, Dan Duryea, Rosalind Ivan, Jess Barker, Margaret Lindsay
Guion: Dudley Nichols (según la novela de Georges de La Fouchardière y André Mouézy-Éon)
Fotografía: Milton R. Krasner
Montaje: Arthur Hilton
Música: Hans J. Salter
Sinopsis
Christopher Cross, un tímido cajero rutinario atrapado en un matrimonio gris y asfixiante, busca refugio en el arte y en la compañía de Kitty March, una joven a la que auxilia una noche en la calle. Creyendo que su salvador es un adinerado pintor de éxito, Kitty y su violento novio Johnny comienzan a manipular la ingenuidad de Cross para arrebatarle sus ahorros y beneficiarse de su talento artístico, desencadenando una trágica espiral de desfalcos, mentiras y destrucción de la que nadie podrá escapar.
Disponible en Filmin: https://www.filmin.es/pelicula/perversidad
Al tratarse de una obra clásica de dominio público, también se puede acceder de forma abierta a reproducciones legales de alta calidad en YouTube. https://www.youtube.com/watch?v=HgDSOI5BLVk, subtitulada en castellano. https://www.youtube.com/watch?v=H9Tsax-K-j0, doblada al castellano.




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